Cada sábado nos preguntamos qué vende el cartel. Está colgado en una barandilla. Miguel sospecha que, aunque no dé mayor razón, la experiencia apoya la sospecha de que el cartel de "Se vende" indica que se vende inmueble y, por la localización del mismo, un apartamento frente al mar. Todos hemos de reconocer que su empirismo hace de su teoría lo posiblemente acertado. No sólo lo argumenta Miguel, si no con gusto lo harían también Bacon, Locke y un largo etcétera de filósofos del siglo XIX.

Sin embargo, Àlvar y yo defendemos un psicologismo científico (aunque mi psicologismo es tildado como mera fabulería). Yo mantuve varios sábados la idea de que lo que se vende es la barandilla, para después defender que lo que se vende es el lugar con el fin de poder mirar el mar en exclusiva, con el valor añadido de que el dueño puede dar rienda suelta a sus deseos de meditar.

Álvar, sin embargo, cree que lo que se vende son las enormes plantas de al lado, con el fin de que el interesado pueda cuidarlas y mantenerlas, árdua tarea para lo que los presuntos dueños ya no están capacitados. Àlvar no sólo demuestra así cuál es el bien en venta, sino también la causa de su venta, lo que hace de su teoría algo más estudiada e inteligente que la mía.

Ante la necesidad de elaborar un motivo más convincente, manifesté convencido otro sábado que lo que se vende es la sombra de la tarde. Miguel torció el gesto de inmediato, hastiado de mis teorías infantiles y poco razonables, pero Àlvar recogió el guante argumentando que son muy raras las ventas pro diviso y que eso hacía de mi nueva teoría algo muy poco probable. De nuevo se desvelaba así mi frágil intelecto.

Lejos de desanimarme, esa tarde deshice todo lo perjeñado y comencé desde cero. Durante toda la semana observé cómo la gente pasaba por delante de aquel lugar con plantas y vistas al mar. Todos ellos eran libres de mirar, atarse los cordones, charlar con un amigo o realizar otras actividades que, aunque trascendentes, no debo mencionar teniendo en cuenta la edad de Àlvar y Miguel. Pero lo más curioso es que nadie reparaba lo más mínimo en el cartel. Después de unas horas de análisis, comenzó a llover y los transeúntes, como huyendo de algo que no les pertenece, se marcharon. Y en esa situación, solo y calado hasta los huesos, di con la respuesta: lo que se vende es el agua de lluvia que cae en ese lugar y que, ante la falta de dueño, se utiliza hasta su venta como riego de las plantas.

Y así expliqué y defendí fogosamente el sábado siguiente el motivo de la presencia del cartel, pero a ninguno pareció maravillarle lo más mínimo mi nueva teoría. Sólo recibí una palmadita de Ángela, que, como buena esposa, supo responder con el gesto adecuado.

Se puede decir que nada más hemos avanzado desde aquel día en cuanto a este misterioso fenómeno natural, al punto que cuando se suscita el tema, Miguel termina por enfadarse, ya que está convencido de que yo soy consciente de la realidad y mis peroratas pseudocientíficas no son más que un bobo ejemplo de lo que los padres nunca deben hacer: mentir. Sabiamente añade que lo grave del caso no es que yo pronuncie tales mentiras, sino que Àlvar, el pequeño, termine por creerlas.

Por fin, Ángela mantiene un prudente silencio: ella es más inteligente. Sabe que el tiempo le dará la razón y dejaremos de discutir, y que precisamente eso sucederá pronto: el día en que el cartel desaparezca. Entonces, quedará probado para Miguel que por fin una persona física o jurídica realizó la compra del bien inmueble. Incluso él anunciará la cifra exacta del aumento del impuesto por plus valía, atendiendo a la espectacular subida del precio de la vivienda en la última década. Àlvar pretenderá dejar demostrado a su vez que el interés de un ciudadano en que nuestra ciudad aumente la tasa de zonas verdes le ha provocado comprar el ínfimo parterre, y que lo prueba el llamativo y continuo crecimiento de las plantas. Y yo defenderé que un coronel del ejército sirio, tras la terrible batalla sostenida en Ar-Raqqah, ha decidido retirarse y comprar el lugar para pasar sus últimos años junto a su mujer y, de paso, investigar la misteriora y repetida aparición de una ballena cerca de nuestra costa.

Pero sospecho que Ángela cerrará la conversación demostrándonos qué se vende realmente. Y lo hará explicándonos que un día el dueño retirará ese cartel sin más. Y será así porque advertirá que lo que pretende vender es invendible: lo que el cartel ofrece es la posibilidad de comprar sábados. No unos sábados cualesquiera, sino unos sábados en los que se puede ver a una familia apoyada en una barandilla, mirando al mar, charlando de a saber qué temas, al lado de unas plantas que parecen crecer sólo con su presencia, dando pruebas de ser felices sin dar razón alguna de ello.